Yo, mi hermana y una peli.

1/21/20264 min leer

Cuando tenía 10 años ví por primera vez "El exhorcista" de William Friedkin.

No la ví sola, la ví con mi hermana. Ella tenía 12. No fue buena idea...Era verano, estábamos de vacaciones escolares. Las vacaciones de verano en España son las más largas de Europa, duran prácticamente tres meses. Tres meses donde hay un montón de horas muertas después de la playa. Durante los días anteriores estaban anunciando la película en la tele y mi hermana y yo teníamos apuntado en una libreta la hora y el día en la que la pondrían. Sabíamos que tendríamos que pedir permiso a nuestra madre para verla porque era por la noche, bastante tarde... Todas las cosas interesantes eran a esa hora...Cuando llegó el día mi hermana y yo nos pasamos toda la tarde detrás de mi madre convenciéndola para que por favor nos dejase verla. Fuimos muy muy pesadas. Mi madre nos intentó explicar que esa no era una peli recomendada para niñas de nuestra edad. Que daba mucho miedo, que no podíamos ver eso porque luego tendríamos pesadillas. "No importa" decíamos mi hermana y yo. Te prometo que mi madre intentó mantener la compostura pero es que estuvimos horas y horas detrás de ella intentando encontrar un argumento para verla. Pero realmente no teníamos un buen argumento, solo nuestras ganas de experimentar ese miedo controlado. Es adictivo esa especie de miedo. Tu cerebro por alguna razón activa el modo huida tanto si es ficción como si no.

Y llegó un momento en que a mi madre ya se le acabó la paciencia porque tú sabes lo insistentes que pueden ser las niñas a esa edad? Pueden realmente saturar tu mente con sus preguntas y preguntas y preguntas y ruegos y argumentos varios....Pueden conseguir cualquier cosa si se lo proponen.

Entonces ella dijo: "Está bien, vosotras queréis ver esa peli? Podéis verla. Pero no quiero escuchar una queja, no quiero que me llaméis gritando desde la sala, no quiero escuchar un ruído...Cuando la peli se termine apagáis la tele y os metéis en la cama. En silencio. O de lo contrario estaréis todo el resto del verano sin tele". Quedarse sin tele era un castigo muy cruel...no teníamos internet entonces, ni tablet, ni ningún otro medio de ver nuestros programas favoritos.

Y llegó la noche. Y la peli empezó. Y el miedo se descontroló. No sé exactamente en qué momento sucedió, cual fue la escena que lo desencadenó todo pero fue un viaje sin retorno. El miedo ya no era solo una cosa a experimentar fuera de tí. El miedo entró. Estaba en mi cabeza, en mi pecho, en mi estómago. Estaba encima de mi, a mi lado, detrás de mi espalda, delante. Estaba por toda la habitación. Mi hermana no era una ayuda ni yo para ella. Ni siquiera podíamos gritar o decir nada. Los sonidos simplemente no salían de nuestras bocas. Estábamos sentadas en una esquina del sofá, ella tenía mi brazo agarrado con sus dos manos y yo igualmente me sujetaba en su pierna intentando liberar toda la tensión...pero lo único que conseguimos fue llenarnos de moretones y arañazos. No podíamos siquiera hablar o apartar la vista de la tele. Supongo que eso es lo que se llama quedarse congelada.

La peli se terminó. Pero entonces comenzó la odisea de llegar hasta nuestra habitación. En aquellos años compartíamos habitación por decisión propia. La casa era grande y había espacio para tener cuartos separados pero era más divertido así, supongo. Para llegar a nuestra habitación teníamos que subir unas escaleras hasta el piso de arriba. Justo en esos días el interruptor de la luz de las escaleras del piso de abajo no funcionaba, solo se podía encender la luz de las escaleras desde el piso de arriba...con lo cual había solo dos opciones. O bien una de nosotras se quedaba abajo con la luz encendida de la sala para tener un poco de claridad en las escaleras mientras la otra subía al piso de arriba hasta el interruptor, o bien apagábamos la luz de la sala y subíamos juntas a oscuras.

Elegimos la opción más estúpida, subir juntas a oscuras. La sola idea de quedarse sola era mucho más aterradora que la oscuridad compartida. Creo que hicimos bastante más ruido de lo que nuestras mentes podían procesar en ese momento. Yo solo escuchaba mi respiración agitada y nuestros pasos subiendo e intentando no pisar el suelo demasiado fuerte. Has escuchado alguna vez galopar a tu propio corazón? No es una sensación agradable...es como querer escapar de lo que te mantiene con vida. Entonces escuché a mi hermana decir "Ya falta poco". Entramos a la habitación. Encendimos la luz. Yo me quité los pantalones; recuerdo que eran unos pantalones cortos deportivos negros con unas rayas laterales blancas...y así me metí en la cama. No había tiempo de ponerse el pijama. Solo quería meterme debajo de las sábanas, taparme entera, no dejar ningún hueco por el cual el demonio pudiese entrar. Entonces mi hermana me dijo "Duérmete. Si mamá pregunta mañana le dices que todo bien".

Mi madre al día siguiente no preguntó nada. Simplemente ella ya sabía.

Y así fue cómo empezó mi época de pesadillas nocturnas.